Peinando historias | Convirtiendo la regadera en mi espacio personal y terapia favorita

Es mi terapia favorita: tomarme unos minutos para lavarme el pelo, pararme bajo el agua y dejar ir todo lo que me afecta en el día.

Una vez más, me encuentro con el cabello húmedo y en pijama ––porque es mi outfit favorito, el más reconfortante––, tecleando lo que terminará en una historia con la que, estoy segura, te vas a relacionar.

Específicamente hoy, fue uno de esos días en los que todo parece una pesadilla. De esos en los que cualquier cosa te irrita, te molesta, te pone triste. Sientes que el universo (y hasta la tecnología) conspiran en tu contra. Mi horóscopo decía que iba a generar muy buenos resultados y que se concretarían mejoras positivas. ¡Pero eso me pasa por estar leyendo cosas con las que (casi siempre) soy escéptica! Fue pura coincidencia encontrármelo, no es que yo lo buscara, pero claro que me sentí muy ilusionada todo el día con la promesa de un excelente día. Como te imaginarás, no terminó así.

Pero, empecemos por el principio y lo que me llevó aquí. Es jueves, son las 8:30 pm y debo decir que me siento como una persona bastante mayor ––estoy con achaques nivel 10: dolor de espalda, cólicos, contracturas hasta en el meñique y ni siquiera tengo hambre, cuando normalmente a esta hora ya estoy por hacer mi cuarta (o quinta) comida del día. La taquicardia no falta y el cansancio es indescriptible. Todo esto se debe a una serie de cosas ––cotidianas para muchos–– por las que he estado pasando durante las últimas tres semanas: familiares enfermos que necesitan cuidados 24/7 y una relación a distancia que empieza a tener sus lógicos problemas. Además, el tiempo no me ha permitido ir a mis clases de spinning, lo que ha tenido como consecuencia ataques de ansiedad constantes en respuesta a las semanas inusitadas.

Y a todo esto, ¿qué tiene que ver lo del pelo mojado y la ropa de casa? Estás leyendo a una persona bastante analítica, autocrítica y a la que Google definiría con síndrome de pensamiento acelerado. Pero, a veces eso tiene sus ventajas. De algún modo, tras un día que pareciera interminable, acabo durmiendo como bebé y mis preocupaciones no me despiertan a la mitad de la noche. Solo ayer, cuando me quedé pensando por qué, tras pasar horas en el rush del asunto, me había ido a la cama tan tranquila. Por supuesto, no descansé hasta descifrarlo, y me di cuenta de que la regadera es mi remedio, mi terapia favorita.

Mujer en la regadera lavándose el cabello
Hoy lo descubrí: lavarme el cabello es mi terapia favorita. Crédito: Shutterstock.

Después de consultarlo con la almohada, ahora sé cuánto disfruto un buen baño y cómo he convertido cada uno, sin intención alguna, en mi burbuja, la que me protege contra lo que pasa afuera y me ayuda a olvidarme de todo. Y no te imagines una tina rodeada de velas e incienso. Quiero contarte cómo puedes hacerlo tú también para irte a la cama libre de lo sucedido. ¡Espero que te funcione mi método!

  • Mi baño tiene que ser un lugar limpio. La verdad es que nadie se relaja con desorden, ropa tirada y olores extraños.
  • No me preguntes por qué, pero todo en mi baño es blanco o de colores neutros, como el beige y el negro. Estas características siempre me han ayudado a sentir que todo está en orden.
  • Cierro la puerta con seguro. Vivo con mi mamá y con mi hermana, no estoy de humor para interrupciones.
  • Antes de entrar a la regadera, me veo en el espejo, buscándome algún defecto en el cutis (para ver qué mascarilla me pongo después).
  • Evito poner música. Dicen que hacerlo te ayuda, pero a mí me funciona estar en silencio.
  • Abro la llave y dejo caer el agua. Desde ese momento, me dedico a escuchar solo los golpes de la presión líquida contra el piso.
  • Una vez que todo está lleno de vapor, inhalo y pienso que estoy entrando a un lugar que solo yo puedo ver y sentir.
  • Ya que el agua está en la temperatura ideal (calientita), me inclino hacia abajo, cierro los ojos, dejo caer el cabello hacia el suelo y todo empieza a cobrar vida. Si te dejas llevar, el ruido resulta bastante relajante. Se trata de un momento lejos de todo, sin ver tu celular, la televisión; sin nadie que te pueda molestar.
  • Y aquí es donde empieza lo mejor: con el lavado del cabello.
  • Tomo mi shampoo favorito, con olor a coco, y lo pongo sobre mis manos. Mientras pienso y analizo por qué estoy tan cansada y enojada, para que al otro día no me pase lo mismo, me hago masaje con los dedos.
  • En el proceso de lavado y acondicionamiento del pelo se me van unos buenos 15 minutos, porque tengo el volumen y la densidad de un mastín tibetano, así que cuento con el tiempo hasta de meditar.
  • Luego sigue el masaje en la cara, con jabón especial para piel sensible, y el resto del cuerpo.
  • Ahí se fueron 25 minutos, que tuve para pensar, soltar y cambiar de humor.
  • Cuando salgo de la regadera, es como si ya todo hubiera cambiado.

Si te das cuenta, todo se trata de una rutina normal de lavado del cuerpo y el cabello. El punto, es saber detenernos a pensar por qué nos afectan las cosas y qué vamos a hacer para que dejen de hacerlo, entender que no podemos cambiarlas, pero que darnos un espacio fuera del mundo, aunque sea dentro de la regadera, es imprescindible para descansar.

Deja que el agua enjuague un mal día y que tu pelo limpio te levante el ánimo.

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