Marika Vera sobre perder el pelo ante el cáncer de mama y reconectar con su energía femenina

Conversamos con la diseñadora de lencería Marika Vera sobre los efectos secundarios de la quimioterapia, la importancia de la salud mental y las lecciones que aprendido en su batalla contra el cáncer.

A Marika Vera (@marikavera) la conocí hace seis años, pero parece como si fueran muchos más. Vi su perfil y la dirección de su showroom en un artículo de diseñadores mexicanos emergentes, publicado en la edición de septiembre de la revista Elle. Viajé cuatro horas hasta la Ciudad de México y toqué el timbre de un edificio de los años 70 en la colonia Juárez. Praga 44, cuarto piso. El cuatro siempre ha sido mi número de la suerte.

Su asistente me preguntó si era una de las entrevistadas, creo que para el puesto de patronista. Mentí. Se abrieron las puertas del elevador y me senté en su sala. Había libros de Anaïs Nin apilados en el piso y la cocina era demasiado acogedora para pertenecer a un taller. Así descubrí que su oficina era también su hogar. Su trabajo era su vida y, su intimidad, estaba expuesta.

Marika se acercó a mí. Tenía el pelo muy corto —de donde yo venía, nadie lo llevaba así—, su ropa era negra y parecía haber bebido varias tazas de café. Le pedí que me tomara como aprendiz. Recién había egresado de una universidad pequeña en mi estado, mi experiencia laboral era nula y era incapaz de distinguir el norte del sur de la ciudad, pero ¡dijo que sí!

Me hospedó en su departamento algunas de las veces que la asistí como estilista de moda en las producciones fotográficas y audiovisuales que realizaba para financiar su marca homónima de lencería, porque así de generosa es ella. Me enseñó con paciencia y compartimos nuestros sueños y temores a altas horas de la madrugada. Apenas dormía y su mente divagaba con frecuencia, pero no he conocido a una mujer más apasionada y perseverante que ella. Aunque trabajé a su lado pocos meses, nunca dejé de desear profundamente que su esfuerzo fuese recompensado.

Dos años después, le diagnosticaron cáncer de mama, una enfermedad que afecta a una de ocho mujeres en Estados Unidos y es la segunda causa de muerte por cáncer en México. Marika no solo ha logrado sobrevivir, sino que, paradójicamente, su éxito profesional se ha disparado y se ha reconfortado, como nunca, en la calidez de su círculo cercano, pero más importante aún, en sí misma.

La suya no es una historia de autocompasión ni de heroísmo estoico, sino de una resiliencia más mundana —de quien encuentra en su calvicie la excusa perfecta para usar sombreros, y en sus sujetadores de mesh, una forma adorable de cubrir su pecho mutilado. Si me preguntan, esas son las más inspiradoras.

Marika Vera con el cabello rapado a causa del cáncer de mama
Marika Vera. Crédito: Viridiana/cortesía de Marika Vera.

All Things Hair: ¿Cómo recibiste el diagnóstico de cáncer de mama?

Marika Vera: Una noche, mi novio, en un encuentro [risas], me sintió una bolita debajo de mi seno derecho. Me espanté. Me di cuenta de que, cuando levantaba el brazo, se botaba esa bolita. La verdad es que yo no tenía una cultura de autoexploración constante. Es una práctica muy sencilla que una puede hacer para detectar el cáncer de mama en una etapa temprana.

Lo primero que hice fue ver a mi ginecóloga, a quien ya visitaba cada año. Ella mandó a analizar una muestra [del tejido] y apareció como benigno, pero en realidad la prueba no fue muy certera. A pesar de eso, sentí que la bolita seguía creciendo durante dos o tres semanas. La ginecóloga me hizo una cita para remover el tumor —supuestamente benigno— con una minicirugía. Una semana después, me dijo que sí tenía cáncer [después de analizar el tumor completamente]. En total, me tardé como un mes en tener un diagnóstico.

Si yo hubiera tenido la experiencia que tengo ahora, lo primero que hubiera hecho es ir con un oncólogo, porque habría actuado de manera más puntual.

ATH: ¿Cuál fue tu sentir cuando te confirmaron que el tumor era maligno?

MV: Primero me volví loca en el teléfono, tuve cinco minutos de locura. Le marqué primero a mi hermana porque mi mamá es diabética y no quería darle un susto. ¡Ella me dijo que les marcara a mis papás! [risas]. Al día siguiente ya estábamos con el oncólogo.

Intenté tomarlo todo de una manera pacífica. Obviamente, también había un gran nerviosismo. Opté por pedirle a mi novio que hiciera la investigación. Él tiene una situación de salud, así que está muy clavado en este tema. Yo no quise hacerlo porque me daba mucho miedo enfrentarme a la información. Eso me ayudó muchísimo porque sabía que alguien investigaba lo que yo estaba haciendo y así podía concentrarme en pensar positivo.

ATH: ¿Qué siguió después del diagnóstico?

MV: El siguiente paso es estudiar el tumor para reconocer el tipo de cáncer de mama. Uno es generado por un cambio hormonal. El otro, el que a mí me dio, se llama triple negativo y es menos común pero mucho más agresivo y veloz, y la gente joven es más propensa a tenerlo.

Primero me hicieron un PET scan [tomografía por emisión de positrones]: se inyecta una solución química en el cuerpo que hace que los tumores se vuelvan como luz y ayuda a ubicarlos y ver si se han esparcido al sistema linfático o la sangre. Se dieron cuenta de que el mío estaba encapsulado. Eso fue algo positivo.

Me dijeron que era necesario extirpar el tumor, porque la ginecóloga no lo había hecho por completo. Me volvieron a meter al quirófano —por segunda vez en un mes— para quitarme todo el seno.

Resulta que el cáncer es una malformación celular. El PET scan mide tumores de hasta cinco milímetros, pero el cáncer puede empezar a un nivel celular chiquitito. Cuando te hacen la mastectomía, te quitan por lo menos cinco ganglios linfáticos —hay como 25 en las axilas— y los mandan a estudiar.

Si detectan que tienen cáncer en estas primeras linfas que están en contacto con tu seno, entonces te quitan todas. Pero a mí no se me esparció al sistema linfático. Fue una muy buena noticia porque tenía que luchar contra un cáncer pero no se había esparcido.

ATH: ¿Cómo fue para ti haber perdido un seno?

MV: Es una cirugía muy dolorosa, me dieron un mes de recuperación. También hay otra parte, siempre decimos: “¡Ya no voy a tener mis chichis bonitas!” [risas]. Pero estar ahí, en una experiencia cercana a la muerte, te hace pensar en qué vale la pena y qué no.

Una boobie no te hace más o menos. Muchas mujeres pueden tener miedo a la parte estética. Yo prefiero seguir viviendo —¡tantos momentos por vivir y todo lo que puedo experimentar!—, y si nada más se trata de que tenga una chichi de Frankenstein… ¡pues va! [risas]. Pero sí es doloroso. Te tienen que contener la sangre con vendas y no puedes respirar.

ATH: Y luego decidiste reconstruirlo.

MV: En los 90, la imagen que yo tenía de las mujeres con cáncer era solo con una raya en el pecho. ¡Ya no es así! La tecnología ha avanzado mucho. Cuando terminé mi quimio, me hicieron la reconstrucción mamaria. Todo ese año prepararon mis músculos para poder estirarse lo suficiente para cargar el implante.

Como en la cirugía te quitan todo el tejido graso que hace que la boobie tenga su textura, te meten debajo del músculo un expansor que lo empuja. Cada dos semanas, iba con el cirujano plástico a que me rellenara esa boobie. ¡Está loquísimo!

Marika Vera con el cabello rapado a causa del cáncer de mama
Marika Vera. Crédito: Viridiana/cortesía de Marika Vera.

ATH: ¿Por qué tuviste que recibir quimioterapia a pesar de que el tumor fue extirpado a tiempo? ¿Cómo la viviste?

MV: Era una cuestión de estadística; me dijeron que si no me daba quimio, había 70% de probabilidad de que el cáncer regresara. De lo contrario, el porcentaje de que no volviera se incrementaba al 95% o algo así. De todas maneras, hay una posibilidad de que suceda, pero la quimio actúa como prevención.

En ese momento, ya me sentía más fuerte y me puse a hacer research. Primero me metí a una página que se llama Chris Beat Cancer. Es un güey que habla de cómo él se curó de cáncer a través de una dieta basada en plantas. Es medicina preventiva y holística para la prevención y disminución del riesgo de que un cáncer regrese.

Yo diría que su visión va en contra de la quimioterapia, pero me sirvió mucho porque habla de cómo combatir la enfermedad desde otras trincheras, incluyendo la espiritual y alimenticia, para lograr un bienestar 360. Es algo que los doctores no siempre te dicen. Por ejemplo, te dicen que te tomes toda la nieve de limón que quieras para quitar el asco, pero esta tiene un gran porcentaje de azúcar, ¡que es lo peor! Si te da cáncer, lo primero que tienes que hacer es reducir tu ingesta de azúcar al 0% lo más rápido que puedas.

La información alterativa es muy valiosa. Durante el tiempo que duró mi quimioterapia, llevé una dieta muy estricta. Dejé el azúcar, los lácteos y todos los alimentos que pudieran tener hormonas, y aunque sí comía proteína animal, trataba que fuera orgánica y consumía ciertos suplementos.

También fui con un doctor experto en medicina china, quien me dio otros suplementos. Consumía maca, semillas de durazno, cúrcuma y unos polvos que, con dos cucharadas, era como si me hubiera comido 20 kilos de raíz de brócoli. Todos ellos tienen un alto poder anticancerígeno.

Definitivamente, para mí fue una llamada de atención para cuidar más mi cuerpo, empezar a alimentarme mejor, no saltarme comidas ni [dejarme consumir por] el estrés. Fue un cambio radical en mi vida.

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ATH: ¿Qué hiciste por tu salud mental?

MV: La quimioterapia es como si te fueran envenenando, ¿no? Lo que hace es que borra toda tu información celular sin que te mueras, entonces tu cuerpo genera automáticamente nuevas células. Es un tratamiento muy fuerte y tú tienes que estar muy fuerte, porque lo pierdes todo: la belleza, el pelo, la boobie… Y si no tienes en tu relación a alguien verdaderamente consciente, también pierdes a tu pareja. ¡Incluso pierdes tu trabajo! Es un proceso de muchas pérdidas y, cada una, genera un duelo. No es fácil y nadie te prepara para ello, pero tú decides cómo vivirlo.

Es un proceso de muchas pérdidas y, cada una, genera un duelo. No es fácil y nadie te prepara para ello, pero tú decides cómo vivirlo.

Desde la espiritualidad, estuve tomando una terapia de shibari [un estilo japonés de atadura erótica con cuerdas de fibras naturales, que se basa en ciertos principios técnicos y estéticos]. Cuando te amarran y no puedes moverte, dejas tu cuerpo caer dentro de las cuerdas de contención. Me ayudó mucho a aprender a perder el control.

También, todos los días escuchaba las meditaciones de Louise Hay (¡son gratis en YouTube!). Ella perteneció a una ola nueva de pensamiento en los 80 o 90 y hablaba mucho del poder que tiene la mente ante tu sanación, tu posición en la vida y lo que proyectas. Me encanta su approach porque fue una mujer que vivió plenamente las diferentes etapas de su vida, sin importar su edad. Logró cambiar su realidad a los 50 años, viniendo de un background en el que todo estaba predeterminado para el desastre. Además, fue sobreviviente de cáncer.

Estuve leyendo a Joe Dispenza y trabajando mi mente desde un lugar de sanación. Me volví mi mejor aliada, echándome porras cuando mi mente me quería traicionar. En el proceso, me di cuenta de que era muy dura conmigo misma y aprendí a hablarme con más amor; pienso que esa pudo ser una de las razones por las que el cáncer llegó. Intenté ser más soft, menos exigente, y creo que eso me hizo más consciente. Aunque a veces aún soy esa mujer rígida, he aprendido a balancear, abrazar mi feminidad y dejar las cosas al Universo.

Aunque a veces aún soy esa mujer rígida, he aprendido a balancear, abrazar mi feminidad y dejar las cosas al Universo.

ATH: ¿Cómo sobrellevaste la pérdida del cabello?

MV: Me compré una peluca porque pensé que la iba a usar, pero me picaba y se me hizo muy incómoda. Al principio, cuando no estaba tan intoxicada, no me importaba estar pelona porque ¡parecía que estaba a la moda! [risas]. La gente me decía: “¡Wow, te rapaste, qué chingón!”, y yo contestaba: “No, ¡me dio cáncer”! [risas].

Pero también entiendo que es importante verte guapa y sentirte con el ánimo arriba. En Estados Unidos, hay un tratamiento que se hace en tu pelo para que aguante más. Igual hay unas gorritas que te ponen mientras te dan la quimioterapia y hacen que tu cabeza se mantenga fría (a tres o cinco grados), provocando que los poros se cierren y, entonces, no se te caiga el pelo. Yo no quise hacerlo porque es caro e incómodo, pero es una opción.

La otra opción es raparte, ¡y yo creo que es mejor! Una amiga, bien linda, me hizo una fiesta para raparme. Estuvo increíble porque, mientras rapaban, me iban haciendo looks diferentes.

Después empecé a usar gorritos y eso me gustó más. Empecé a buscar mascadas cool y las llevaba con sombreros y aretes grandes. Me sentía más femenina y no impactaba tanto con mi cabeza pelona. O me dejaba la cabeza pelona y me ponía unos lentes grandes, ¡y ya era un look! [risas]. Estuvo muy bien.

Collage de fotos personales de Marika Vera sobre su experiencia con el cáncer de mama

ATH: ¿Tuviste que adaptar una rutina de cuidado especial para tu cuero cabelludo?

MV: Lo que te recomiendan es que no te pongas tantos químicos para no contaminar, aún más, tu espacio. ¡Ya de por sí estás consumiendo muchos medicamentos! Busqué que todo lo demás fuera lo más natural posible y empecé a usar un shampoo para fortalecer la raíz del pelo.

Editor’s tip: Te recomendamos el shampoo Bioexpert Capullo de Seda, que fortalece las fibras capilares, evitando que se quiebren y caigan. El 94% de sus ingredientes son de origen natural y no contiene sal, parabenos, colorantes, alcohol ni parafinas.

Aún así, sí perdí pelo. La verdad es que no regresó al 100% y todavía tengo huecos. Entonces, este año decidí iniciar un tratamiento capilar colombiano en la clínica Bojanini [en la Ciudad de México].

ATH: Siempre has estado en contacto con tu sensualidad y energía femenina. ¿Cómo sentiste esta conexión durante tu tratamiento?

MV: La quimioterapia inhibe el funcionamiento hormonal natural. Obviamente, pierdes la libido. Tu vida social cambia y te encierras, ves un poco más hacia adentro. No fue el mejor momento para mi sexualidad, pero hice un esfuerzo y mi novio también me ayudó a que no se perdiera del todo. Hicimos algunos viajes en carretera a la playa para sanar otros tantos aspectos. Cuando estás en el tratamiento, te haces muy fuerte, entonces creo que es bueno irte a la naturaleza y, simplemente, llorar.

Además, yo me seguía poniendo mis brasieres de Marika, mi lencería bonita, y eso me ayudaba siempre. Pude comprobar que funcionaban, aunque tenía una boobie desaparecida, porque todo es stretch y nada tiene copa. ¡Me dio gusto!

También traté de llenarme de otras cosas y darme tiempo para mí. No dejé mi trabajo, ¡es mi pasión!, y seguí alimentándome de ella.

Marika Vera con el cabello rapado a causa del cáncer de mama
Marika Vera. Crédito: Viridiana/cortesía de Marika Vera.

ATH: Mientras luchabas contra el cáncer, tuviste un periodo brillante en tu carrera, que aún continúa. ¿Qué te impulsó a seguir creando cuando todo parecía perdido?

MV: Fue una manera de despejar mi mente. Creo que es muy importante la pasión, para todo en la vida. Si no, ¿de dónde te agarras? Muchas mujeres se pueden agarrar de su familia; para mí, es mi novio, mi perro… y mis papás. Sé lo difícil que es para un padre perder a un hijo. Yo no iba a dejarme morir antes que mis papás. Me parece muy injusto no luchar por sobrevivir; yo quiero enterrar a mis papás, no al revés.

Y la pasión fue lo que me ayudó a seguirme sintiendo viva. Las acciones que uno realiza deben estar encaminadas a la vida. Por eso dicen que, en la vida, hay dos caminos: hacia Eros —que representa lo erótico, la curiosidad, lo nuevo, lo sensual y las emociones— y hacia Tánatos, que es la muerte y lo negativo. Siempre debemos caminar hacia Eros, y la creación cae en este terreno.

También procuré hacer ejercicio, aunque no fuera de alto impacto porque no tenía la energía, pero sí yoga o pilates. Sabía que mi cuerpo estaba perdiendo, pero no del todo, porque estaba pensando en él y tratando de moverlo.

Y no dejé de ver a mis amigos. Cuando encuentras la muerte, tienes hambre de vivir. ¡Tuve un momento de rebeldía! Durante la semana del arte en México —me encanta el arte— no trabajé y no me perdí ni una fiesta. La enfermedad no es sinónimo de abandono, sino todo lo contrario. Está bien sentir y darle al cuerpo el descanso que necesita, pero no hay que olvidarse de las cosas que nos hacen querer estar aquí.

La enfermedad no es sinónimo de abandono. Está bien sentir y darle al cuerpo el descanso que necesita, pero no hay que olvidarse de las cosas que nos hacen querer estar aquí.

ATH: Te conocí en una época de mucho estrés. No te permitías hacer nada que te distrajera de tu objetivo profesional. ¿Cómo estás ahora? ¿Crees que las lecciones que te dejó haber pasado por un proceso tan duro aún permean en tu día a día?  

MV: Me siento más libre y un poquito menos egoísta. A veces, cuando tienes esta pasión te vuelves egoísta. He aprendido a soltar, a balancear la vida y a darle importancia a cada cosa, no solo al trabajo.