Lecciones de belleza capilar que aprendimos de nuestras mamás

Nos prepararon para el mundo con sus mejores trucos de belleza, pero su enseñanza más valiosa radica en el ejercicio del amor propio.

Hay pocas imágenes tan inspiradoras e influyentes como las de una madre cepillándose el pelo. Sentada en el tocador, la que tiene tiempo, o de prisa frente al espejo del baño, la que no. Tampoco hay palabras tan sabias e indelebles como las de ella cuando se trata de belleza: “¡No te duermas con el cabello mojado!”, “¡Que el último enjuague sea con agua fría!”, “Con una cola de caballo alta te ves más despierta y bonita”.

La relación con las madres —como cada mujer— es única, personal e intransferible, pero ellas, con sus virtudes, extravagancias y debilidades, son las mejores maestras que la vida nos puede brindar. Y aunque existen secretos universales que todas y cada una han repetido a modo de mantra, hay otros tantos que nos abren un mundo entero de posibilidades.

En la redacción recordamos nuestras primeras lecciones de belleza capilar, impartidas durante la infancia por nuestras progenitoras. Porque lo que bien se aprende, no se olvida.

Fernanda Kuri, editora general

Fernanda Kuri con su mamá
Fernanda Kuri y su mamá. Crédito: cortesía de Fernanda Kuri.

La lección: tu pelo es una extensión de tu personalidad.

Crecí en una ciudad muy pequeña en la que las tendencias no formaban parte de la realidad cotidiana. Desarrollé una pasión precoz por las revistas que me ha seguido hasta ahora. Pero durante mi niñez y adolescencia representaban todo lo que quería ser. Esa debe ser la razón por la que siempre estuve ansiosa por imitar lo que veía en sus páginas y experimentar hasta dar con mi propio estilo.

Mi mamá nunca se quejó ni se impuso. Pese a su demandante horario laboral, se despertaba varios minutos más temprano para hacerme el peinado que había coordinado con mis amigas de la escuela la tarde anterior. Mientras que otras niñas se ceñían a lo clásico, mi mamá me dejaba llevar los accesorios de moda, ¡incluso pelucas y postizos!, si aportaban a la construcción de mi personaje del día. Me ayudó incontables veces a teñirme el pelo de rosa (con spray temporal), fue una voz experta a quien consultar cuando decidí hacerme la permanente y, por encima de todo, siempre me incitó a expresar mi personalidad a través de mi apariencia.

Aunque hoy soy mucho menos excéntrica que antes, mi pelo refleja con exactitud mi momento, mi persona. No es una casualidad, sino el resultado de años de prueba y error —¡de juego!— para moldear mi identidad. Mi pelo le dice al mundo quién soy. Y esa, mamá, es la enseñanza más valiosa.

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Karla Reyes, editora digital

Karla Reyes con su mamá
Karla Reyes y su mamá. Crédito: cortesía de Karla Reyes.

La lección: ¡experimenta!

El cabello es un tema muy recurrente en mi familia materna, un matriarcado en el que casi todas las descendientes de mi abuela heredamos una melena abundante y difícil de controlar. Yo no soy la excepción. Es por eso que, la lucha contra el exceso de volumen y el frizz ha trascendido por varias generaciones.

Confieso que al principio, cuando supe que debía escribir una lección capilar de mi mamá, me costó algo de trabajo porque, desde que tengo memoria, mi mamá se ha quejado de su abundante cabellera. Pero ahora que volteo hacia atrás, me doy cuenta de que hay una importante enseñanza que ella ha dejado en mí (probablemente sin darse cuenta): ¡experimenta! Y es que tengo recuerdos de mi mamá en los noventa con una larga melena castaña, luego un bob rubio, en el 2000 llevaba un pixie rojizo, más tarde un fleco grafilado y, obvio, no pudo resistirse a llevar mechas rubias en algún momento.

A pesar de tener algunos complejos con su melena —sinceramente, ¿quién no los tiene?— mi mamá nunca se ha quedado con las ganas de jugar con su cabello y siempre encuentra formas de sentirse bien con él y aprender a quererlo, aunque sea un poquito.

Elizabeth Almazán, redactora

Elizabeth Almazán con su mamá
Elizabeth Almazán y su mamá. Crédito: cortesía de Elizabeth Almazán.

La lección: ama y empodera aquello que te hace única.

Debo confesar que, durante la infancia, mi cabello solía parecerme un motivo de inseguridad. Y es que, al haber crecido en un ambiente escolar donde predominaban las melenas claras y perfectamente lacias, mi pelo oscuro —en ese entonces mucho más rizado que ahora— solía apenarme. Este sentimiento no solo se veía magnificado por los modelos a seguir en los programas y las películas que solía ver, sino también porque incluso mi mamá (sin querer) se alineaba al estereotipo de aquel entonces. Al sentirme diferente, el deseo de cambiar para encajar se hizo notar, sin embargo, fue ella misma quien siempre se encargó de infundirme autoconfianza.

“Amar tu cabello y aceptarlo tal cual es, puede ser un gran acto de amor propio”. Esa es una de tantas enseñanzas importantes que me transmitió mi mamá, que me llevó a empoderar mi cabello natural y me inspiró a crear y celebrar desde muy pequeña mi propio concepto de belleza .

Mi mamá no solo me ayudó a amar mi pelo y presumirlo con todos aquellos maravillosos peinados que me hacía cada mañana, también me enseñó a amarme en mi totalidad y a reconocer que son precisamente las diferencias las que nos hacen especiales. Me recordó que se vale atreverse a probar nuevos looks, siempre y cuando sean motivados por la audacia de expresar tu sello único y no por complacer a otros o encajar en los moldes que, a nuestro parecer, están hechos para romperse.