#AmoMiPelo Dolores Gil: emociones y sensaciones sobre perder el pelo por la quimioterapia

Testimonio en primera persona del camino que recorre una mujer y su pelo luego de un diagnóstico de cáncer de mama.

Dolores Gil es periodista y licenciada en Letras. Trabajó como docente de Literatura y firmó decenas de artículos en medios culturales, de moda, belleza y lifestyle. Además, fundó su propia consultora junto con dos colegas. Como ávida lectora y redactora activa, su pluma está bien afilada. Por eso, la invitamos a contar su historia cara a cara con el cáncer de mama, la principal enfermedad oncológica en la mujer. Quién mejor que ella para ayudarnos a  entender, aunque sea un poquito, lo que significa para una mujer perder el pelo por la quimioterapia.

Dolo y Vero, su amiga, socia y compañera fiel en las buenas y en las malas
Dolo y su amiga Vero, siempre juntas. Crédito: gentileza de Dolores Gil

La noche antes de mi operación, soñé que entraba a un outlet, encontraba en oferta unos zapatos Chanel en 37 y me los compraba. Mi inconsciente siempre en lo importante. Cuando volví a casa del sanatorio, vendada y un poco dolorida, Vero, mi mejor amiga y mi socia, me mandó un regalo: sus Chanel vintage color beige con puntera dorada, que había comprado por mi sugerencia y que había usado solo una vez, para un casamiento. Hago este rodeo para caracterizar a mi amiga, porque ella me acompañó en uno de los momentos más difíciles de mi vida: perder la totalidad de mi pelo.

Unas semanas después de que me sacaran un tumor de la mama izquierda, me confirmaron que iba a tener que hacer cuatro sesiones de quimioterapia, espaciadas cada 21 días. Tomé a bien la noticia, porque eran apenas dos meses y un poquito; iba a pasar rápido. El médico me habló de un tratamiento para evitar que se me cayera el pelo, pero era carísimo y me indignó que hubiera gente que lucrara con algo tan delicado, que además no otorgaba garantías. Empecé a mentalizarme: ese verano lo iba a pasar pelada. Parecía más fácil de digerir en abstracto.

Desde chica siempre tuve el pelo corto. Me acuerdo de la primera vez que le pedí a mi mamá que me llevara a la peluquería: lo quería por los hombros. Y también me acuerdo de la cara de decepción de mi papá cuando me vio, como si perder la melena lacia y morocha me hubiera convertido en una hija menos querible ante sus ojos, instantáneamente. El resto de mi infancia y adolescencia llevé un carré y, cuando empecé la facultad, alterné entre largo hasta los hombros y corto à la garçon, cambios explicables por esa necesidad de hacer algo radical ante las frustraciones amorosas de la juventud.

Cuando supe que iba a perderlo, ¡oh, gran ironía!, mi pelo estaba en su mejor momento. Sano, con el color perfecto, el largo que mejor me quedaba. Diciembre de 2019 fue su época dorada, su cénit. Para conservar algo de dignidad, porque desconocía cómo era el proceso de quedarse pelada de un día para el otro, me pareció que hacerme un corte intermedio, un pixie, era una parada en la ruta inevitable hacia la calvicie.

Conocí a Vero cuando entré a trabajar en una revista de moda. Ella era editora de arte y me daba miedo: el primer día me explicó todo lo que tenía que hacer cuando pedía fotos para las notas y me detalló una lista interminable de posibles errores que me llevarían a la ignominia total. Con el tiempo, se fue aflojando y como almorzábamos juntas, empezamos a hacernos amigas. El ojo de Vero es exquisito: no conozco a nadie que tenga mejor gusto que ella. Cuando me recomendó a su peluquero, no lo dudé. Ahí fuimos y chop chop. Fue el comienzo de una despedida. Yo salí bastante contenta, me saqué algunas selfies, las subí a las redes. Soy una astronauta de la vanidad: es lo único que me mantuvo en pie en los meses difíciles que siguieron. En Vero noté una mirada de tristeza cuando me acompañó a tomarme el colectivo, pero ninguna dijo nada.

Unos diez días después de mi primera sesión de quimioterapia, empecé a sentir que me ardía el cuero cabelludo. Era más bien como un dolor, que a veces incluso me impedía tener la cabeza apoyada en una misma posición por demasiado tiempo. Me acuerdo de que un lunes me desperté y vi pelos en la almohada. Si tiraba apenas de algún mechón, se desprendía con la facilidad con que se le caen los pétalos a una flor un poco marchita. Me compré un par de pañuelos y fui a tomar un café con Vero para probar el look. Mi norte fue la escritora inglesa Zadie Smith: turbante colorido, aros gigantes y labios en rojo intenso. No estaba tan mal. En el café de la calle Las Heras, donde nos sentamos, Vero me dijo que tenía una máquina para cortar el pelo, la que usan los hombres y algunos peluqueros. Si querés yo te rapo, me dijo, y me pareció que lo mejor era hacer borrón y cuenta nueva.

Nos encerramos en el baño de mi casa. Yo no quería que me viera Félix, mi hijo, que entonces tenía dos años. Me daba miedo que se asustara. Se distrajo, cerré la puerta con traba y Vero encendió la maquinita. Empezó temerosa. Dale con toda, le dije. No es tan fácil rapar una cabeza. Estábamos tentadas, pero sabíamos que era nuestro bautismo de fuego como amigas. La risa y la lástima se mezclaban con el miedo, la bronca y la desazón de tener que perder una de las máscaras más importantes que tiene la identidad. El pelo funciona para mostrarnos, pero también para escondernos. Sin pelo la cara está a la vista, no hay forma de ocultarla. Una mujer sin pelo es una mujer expuesta, desnuda.

Dplores Gil con peluca castaña
Dolores probó pelucas y pañuelos. Crédito: gentileza Dolores Gil

El resultado fue un rapado bastante desparejo, que a los pocos días igualmente afeité con una maquinita común, porque se siguió cayendo. Limpiar pelos de la almohada y las sábanas me desesperaba. Otra amiga, Vale, me trajo de Estados Unidos varias pelucas chinas: rosa, verde, violeta y una castaña con flequillo que pasaba perfectamente por pelo real. Las usé para salir, me divertí, me saqué fotos. Era verano y no siempre las toleraba. Probé pañuelos de colores, pero también me molestaban. Cualquier accesorio que apriete un poco la cabeza es como un runrún que no notamos hasta que se apaga: el alivio que se siente al quitarlo es una señal de su intrusión en nuestro cuerpo. En casa empecé a estar con la cabeza al aire. Cuando iba a lo de mi papá o venían amigos a visitarme, de a poco fui animándome a quedarme así, pelada. No es fácil: muchas veces pedí permiso, como si estuviera haciendo algo prohibido. En marzo me fui a la playa y salí del clóset de la calvicie. Nadar en el mar y sentir la frescura del agua salada en la cabeza me reconectó con el placer que nos puede procurar el cuerpo.

En abril me empezó a crecer el pelo. Para mi sorpresa, lo que antes era castaño con algunas canas ahora se había transformado en un tono opaco de gris, con algunas salpicaduras de blanco. Apenas tuve medio centímetro de pelo lo teñí. Siguió creciendo con fuerza, aunque algo raro: encrespado, como si estuviera quemado. Me compré una navaja y fui retocando hasta lograr un corte pixie decente. El oncólogo me explicó que es normal: los folículos se dañan, pierden su pigmentación y su fuerza.

Con respecto a Vero, la pandemia nos mantiene separadas: hace seis meses que la veo apenas a través de una pantalla. La extraño más que nunca. Hace poco, cuando le conté que iba a escribir esta nota, me confesó que el día que vino a raparme disimuló todo lo que pudo, pero que volvió a su casa llorando como una nena. Yo creo que ese día hicimos un pacto de amistad como en las películas: dos chicas que se pinchan el dedo y unen las gotitas de sangre para sellar una alianza.

Espero poder verla pronto y darle un abrazo infinito. En mi fantasía pospandémica nos imagino tomando un cóctel en un bar divino, yendo a desayunar al café del MALBA o dando una vuelta por Zara. Pienso asistir a la cita con el pelo divino y los Chanel en los pies.

Algunos datos importantes

Según las últimas estimaciones de incidencia del Observatorio Global de Cáncer de la Organización Mundial de la Salud, en Argentina el cáncer de mama es el de mayor magnitud en cuanto a ocurrencia. Con más de 21 mil casos al año, representa el 17 % de todos los tumores malignos y casi un tercio de los cánceres femeninos.

Así, la educación, la prevención y la detección temprana se vuelven fundamentales. La Liga Argentina de Lucha Contra el Cáncer (LALCEC) dedica su labor a iniciativas y campañas alrededor de estos tres pilares. Con la misión de hacer accesibles los exámenes de detección del cáncer, esta organización social incluso cuenta con un móvil que realiza mamografías gratuitas a mujeres de más de 40 años sin cobertura médica, por todo el país.

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